Hace algunos días vi al escritor chileno Jorge Edwards en la FIL. Presentaba el primer tomo que escribe de memorias. A su provecta edad se puede jactar de miles de cosas, simplemente por haber vivido.
Sin pena alguna comentó algunos de los episodios memorables de su vida, entre ellos su iniciación sexual y otras varias aventuras.
La vouyerista literaria que hay en mi está muy tentada a pedirlo para el intercambio navideño... además de que encontré un fundamento para escribir ficción: siempre me ha gustado el cuento, pero aún no me terminan de gustar las cosas que escribo, por eso, mientras tanto siguen guardadas en algún oscuro rincón de mi disco duro. Edwards comentaba que le gusta pasearse entre la ficción y la memoria.
Y me gustó lo que dijo porque como él, también pienso que escribir es liberador y entendí su postura de que hay que quitarse el pudor para escribir hace sólo unos meses cuando también descubrí que "la sinceridad es la más emponzoñada de las formas de escritura" (Edwards) porque ahí está uno, desnudo con sus vocales y sus consonantes, sin siquiera un cuerpo y una cara para poder hacer una mueca o fingir una expresión de que todo está bien.
Las letras no mienten y tienen la cualidad de obligarle a uno a ser honesto. Tal cual. Y por eso los libros tienen la capacidad de interpelar al espacio más profundo del lector, a su conciencia, si es que la hay, a su interior, pues.
Así, habrá que escribir