Hoy debo recordarme que decidí dejar aquello atrás. Que no me arrepiento de haber cedido a tu boca e en viernes, ni en martes, ni en jueves. Que a pesar de todos los silencios, escuchar tu respiración agitada me hizo despertar. El momento justo antes de sentir tus labios no lo cambiaría por nada. Tampoco el tacto de las yemas de tus dedos en mi espalda de arriba a abajo una y otra vez.
Finalmente se borraron las marcas en mi piel y sólo quedó la que dejaste en mi memoria. Aunque esta vez no fueron cicatrices de fuego, el trofeo estará en mi egoteca para seguirlo viendo hasta que me harte o hasta que una nueva presea aparezca en la repisa de mis pasiones consumadas.
Hago bien cuando te esquivo en la escalera. Cuando me doy cuenta que mi inconsciente todavía orienta mi cuerpo hacia tí y cambio de posición. Cuando me contengo para escuchar tu voz y preguntar como de costumbre ¿Qué hacemos? Los castillos en el aire se disiparon con el viento de septiembre y vuelvo a estar en ese letargo que me hace trabajar más y sentir menos.
Lo único que puedo hacer es decirte gracias y que -como siempre ocurre- ahí estaré.