Hace ya casi un año estuve con Daniel en un pueblito pintoresco. Además de la maleta yo cargaba un divorcio que no se había hablado, pero ya se sabía.
Después de tanto tiempo me dolió que las cosas terminaran así nomás, pero el asunto radicaba en que ya no podíamos hablar. Daniel y yo estábamos en esa fase del romance que es pero no es, y que a mí me resulta la más divertida de todas.
Se la pasaba diciéndome que aquel era un idiota, que no sabía lo que tenía y que yo era super chingona, mientras, yo sólo pensaba: si eso soy para tí, psssss anímateeeeeeeeee.
La noche que supe que todo había valido madres se me vino el mundo encima. La casera me habló y supuse que aquel no había pagado la renta y que mis cosas estaban afuera del departamento. Para acabarla, él no me contestaba el teléfono. Yo daba de vueltas con la cabeza llena de sustancias que no me dejaban pensar. Tenía una sensación de que me había tragado un puercoespín y me temblaban las manos.
Regresé a donde estaba Daniel y de inmediato me leyó: ¿Qué tienes?
Como buena vieja y sin poder controlarme solté las lágrimas sin disimulo alguno. Corrió a abrazarme y me aferré a él como si no hubiera nada más en el mundo. Le dije entre sollozos lo que pasaba. Sacó su paliacate rojo y me limpió la cara.
Traía unos guantes cafés, de esos que no tienen los dedos completos y que hacía poco le había chuleado. Ese día él había bajado mi chamarra del coche y me moría de frío. Para compensar su burrada me puso su chamarra de mezclilla con borra café, esa que todo mundo identificaba como uno de sus atuendos favoritos junto con una palestina blanca con negro que delataba su ascendencia libanesa sin recato.
Después de que escupí y lloré toda mi tristeza y mi impotencia me preguntó si tenía frío -con senda prenda cómo lo iba a tener- y le contesté que no, aunque luego supe que me preguntaba sólo para reconfortarme. No le importó y se quitó los guantes. Me los puso y lo agradecí mucho.
Guardé los guantes como un trofeo después de habérmelos puesto varias veces, orgullosa de la preseao. Ayer me congelaba y los saqué del cajón. Los miré con un poco de nostalgia, porque siento que cuando me los dio me quería de a deveras. Me los puse y me di cuenta de que se están des-tejiendo (igualito que el romance)
Hace rato pasó por aquí y yo tenía los guantes puestos. Inevitablemente los vió y me preguntó
-Esos son míos ¿no?
-Si los quieres te los devuelvo, de todos modos me quedan grandes (y me los quité)
-Ay pero cómo eresssss
-Los regalos no se piden de vuelta, le argumenté viendo los guantes
Me dio un beso y se fue... como siempre suele hacer
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1 Respuestas al soliloquio:
ay Yo creo que hoy ando chípil... porque me pareció una historia muy triste que me hizo recordar otras mucho más.
Ánimo, qué más :)
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