Aunque ni era verano, ni era tristeza, se dio unos segundos para recordarlo. Tuvo unas repentinas ganas de cantar a gritos: kiss me hard before you go... pero se limitó. Los pequeños cubículos del banco en el que trabajaba no le permitirían tales desplantes emotivos.
Algunos días lo veía pasar cada diez minutos oculto en cualquier persona, y era un color, una textura, una forma de caminar y hasta un gesto desconocido lo que la llevaba de vuelta esa casa abrazadora y a un extraño sentimiento de paz.
Terminó la canción.
Mónica regresó a una pantalla repleta de números.
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