El chamán

sábado, 16 de enero de 2010

Desde que era una preparatoriana acostumbraba pintarrajearme los dedos y las manos con formas de flores y mariposas con la intención de vislumbrar cómo luciría un tatuaje y desde entonces tuve la firme intención de hacerme uno real.
Desde entonces el diseño ha ido cambiando: tribales, cursis, leyendas y finalmente llegué a la gama de las aves. Mi vocación ornitológica siempre ha sido fuerte; en la casa de mis padres hay dos pinos enormes que han sido hogar de numerosos pajarillos cafés (de los cuales desconozco el nombre). Adicionalmente, mi padre es un canófilo empedernido y cuando había aves recién nacidas, varias caían del árbol. Si yo llegaba a encontrarlas antes que los perros las levantaba y las ponía nuevamente alguna rama para verificar que pudieran subir. Si eran muy pequeñas les acondicionaba un nido y trataba de alimentarlas con alguna fruta hasta que pudieran irse. Pero hubo uno de estos rescatados a los que traté como mascota y me encariñé muchísimo. En mi habitación había una zotehuela con un domo, en la que tenía plantas. Ahí en una maceta vivía él. Cuando le abría la puerta volaba hasta el estudio y aterrizaba en un sillón. Yo llegaba a sentarme y se acomodaba en mi regazo. A veces aleteaba como cuando se bañan.
Continuamos así hasta que una vez por consejo de mi madre lo puse en el balcón frente a los árboles para ver si se iba. Efectivamente no resistió la tentación de la libertad y se fue. De inmediato lo vi acompañado de una pequeña parvada que lo recibía con trinos alborotados. Entré a la casa conteniendo las lágrimas. Mi papá se dio cuenta y unos días después llegó con una jaula con un verdín y una hembra de canario. Cuando hace unos dos años ellos murieron no volví a querer aves y entonces adopté una felina.

Pero bueno, ya me desvié.

El caso es que las últimas versiones del diseño han sido aves: un ave fénix (por aquello de que reviven de las cenizas), un quetzal con una cola larguísima y la definitiva: un colibrí
Una buena amiga, hace como un año me dijo que su pareja (artista plástico) tenía como hobbie tatuar, me dio su teléfono y me dijo que cuando quisiera lo llamara.

Hace unos días le llamé para ver si podíamos hacer una prueba porque mi piel es -digamos- complicada. Acordamos que me haría dos diminutas estrellas en la muñeca izquierda. Mientras platicábamos me dijo algo que me gustó: que en algunas culturas, las personas que tatúan se consideran chamanes por el hecho de percibir las cicatrices que uno trae internamente y que ellos se encargan de hacer visibles. Y me pareció que algo tuvo de razón porque en seguida percibió lo que quería: el tamaño, el color, la forma... También me dijo que había que tener claro qué es lo que uno quería rayarse, porque muchas veces los tatuajes sirven como un imán para atraer las cosas.

En fin, creo que no pudo ser mejor que como ahora...

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