Experimentos narrativos

lunes, 25 de enero de 2010

Él cerró la puerta.


Sofía lo oyó a lo lejos como sólo a veces se lo permitía el sueño. Esa noche se cumplían 20 años de verse, quererse y odiarse y de dormires interrumpidos de madrugada porque después de haber vivido juntos acordaron que era mejor que cada quien en su casa y Dios en la de todos.


Se conocieron a los dieciocho. Ella era una utópica - romántica que se enamoró de él desde la primera vez que lo vió y supo que iba a pagar con piel y con lágrimas haber puesto los ojos ahí.




Él tenía los ojos rasgados y en forma de almendra, casi como del gato que de niña veía en el tejado del vecino. Sus formas eran rectas, de fortaleza inquebrantable, necedad infinita y desasosiego permanente.


A ella le gustaban los retos y decidió esperar un año a que él se diera cuenta de que era lo suficientemente fuerte para soportar sus ojos, sus pensamientos y sus palabras y lo necesariamente débil para besarlo a la menor provocación.


Aunque suene a cliché diré que hasta chispitas salieron que alcanzaron a dejar marcas de humareda en el techo de tanto fuego la primera vez que durmieron juntos después de un orgasmo compartido.


Se amaron durante un buen tiempo, hasta que a ella le salieron alas y a él una enorme coraza que lo cubrió de arriba a abajo y se dejaron jurando que no volverían a verse. Y el juramento les duró dos meses para volver a necesitarse.


En ese ir y venir estuvieron durante muchos años, a veces las distancias se hacían más largas, a veces pasaban periodos larguísimos juntos.


En las separaciones ella imaginaba con celos enfermos que él estaba con toda clase de mujeres y se torturaba pensando que él era feliz y que un buen día iba a desaparecer por completo. Él estaba con las mujeres que podía buscando a aquella que lo hiciera desvanecer la boca, las piernas y las manos de Sofía pero en realidad tenía que imponer la imagen de ella sobre las de las amantes pasajeras para lograr concentrarse y poderles dar algo de sí. Mientras tanto ella se desgastaba la piel con especímenes peculiares que siempre le dejaban algún buen recuerdo


A ratos desaparecía, pero finalmente ella terminaba buscándolo irremediablemente.


Esa noche, cuando lo oyó cerrar la puerta supo que era la última vez que lo había visto. En el sueño se asomó por la ventana y lo vió partir con la misma nostalgia de siempre. Se acomodó en la cama y lloró en ese sueño que se convirtió después en sollozos y por último en un suspiro. Se sintió tranquila y como otras veces soñó que se convertía en hoja que caía en una corriente de agua y se dejaba llevar.


Amaneció y la luz que se filtraba por la ventana hizo que abriera los ojos. Se volteó y contempló una infinita paz en el sueño de Sofía. La movió y supo que se había ido cuando ella no despertó.

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