Entre las cejas

miércoles, 3 de marzo de 2010

El año pasado conocí a alguien que me gusta mucho. Por un asunto ético decidí salir corriendo ante la menor provocación. En diciembre desapareció. Y reapareció en enero. Me busca con cualquier pretexto freelancero y en más de una ocasión le he dicho el clásico "a ver cuándo nos vamos a tomar un café". Nunca contesta nada y desaparece un rato. Y luego otra vez me acosa con peticiones raras: ¿Conoces a alguien que pueda revisar la funcionalidad de fulanita cámara?
(cuando cabe aclarar que él conoce a alguien, yo lo sé) ¿me podrías recomendar con tal tipo?

Lo peor, peor, peor, es que me gusta mucho y ese tipo de sujetos tienden a hacerme perder el dominio propio. Aghhhhh. Lo odio (pero me rencanta). Y obvio no se que hacer... lo recomendé con una amiga y nomás se queja... entonces: ¡no sé para qué me busca!

El pronóstico inmediato dice que me voy a desesperar y le voy a empezar a hacer propuestas indecorosas descaradamente (porque las sutiles nomás no me salen) para que de una vez por todas ceda o salga corriendo despavorido.

Haga usted sus apuestas...

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