Después de todo lo vivido te puedo prometer que estaré ahí siempre. Pero ya vimos que eso no será cierto y que salgo corriendo alegando demencia, propia seguridad y cualquier otra excusa que se me ocurra en el camino.
Sé que entre tu dispersión y mis miedos nunca pasará nada pero todavía me da un vuelco el estómago cuando oigo tu voz justo fuera de la oficina y escucho con ese tono especial un "buenas tardes"
Me gustan los días en los que te tumbo en la cama, y veo la luz incidir en tu piel y la sombra que produce la persiana dibuja franjas en tu cuerpo. Me gusta verte, olerte y tocarte. Me gustas tú, y todavía me da un poco de nostalgia cuando sales de mi casa los domingos en la noche.
A estas alturas y amarguras, los lamentos me parecen inútiles y torpes. Pensar es peor cuando se trata de sentir. Y pensar y sentir juntos no me resultan buenas compañías.
Quizás por eso me lleno de trabajo hasta llegar reptando hasta mi cama con un cansancio insoportable, que no me queda más remedio que fumar, tratar de resetear mi disco duro y dormir sin poder recordar mis sueños, que hablan de ti, de él y de aquel otro que todavía traigo entre cejas y que disfruto cada vez que llega a contarme un nuevo proyecto mientras me amarro las manos y los malos pensamientos para no decirle alguna imprudencia que lo haga salir corriendo.
Ese juego de la seducción se me olvidó en el momento en que entregé cada milésima de piel al fuego.
Todavía recuerdo cuando echados en la cama hablábamos de cómo se llamarían nuestros hijos aunque yo nunca haya estado segura de tener uno. Y también las cartas que te escribía, hay manías que uno no se puede quitar tan fácilmente, por eso hoy te puedo prometer que estaré ahí para siempre.
¿Serán capaces de amor?
Hace 8 años
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