Siempre me da nostalgia cuando está por terminarse el año. De alguna manera me sirve para voltear y ver el camino recorrido. Sobre lo que falta por recorrer he aprendido a no esperar mucho, y en cambio me gusta poner ladrillo sobre ladrillo en el día a día. No soy fanática de los grandes preparativos. Si algo he aprendido de la vida es que imaginarse cuán grande puede ser el futuro no sirve más que de motivación y hay que trabajar en el presente.
Hace dos años hice un viaje con el que desafié todos mis principios. Me armé de valor y decidí salirme de una casa en la que los dos vivíamos solos. Me costó. Y mucho. Jamás me imaginé que de alguna manera eso podría haber traído buenas consecuencias.
Hoy estoy como al borde de un precipicio. Todavía no sé qué hacer. Quizás deba cerrar los ojos, abrir los brazos y dar un pequeño paso hacia atrás para dejarme caer por completo otra vez. Hay miles de razones por las que podría seguir huyendo y en cambio los motivos por los que podría planear (otra vez) una vida con él, son meramente románticos (y a estas alturas el romanticismo ya sólo me gusta en películas rosas en las que sé desde el inicio que se trata de ficción)
Este 2011 se parece prometedor, caótico y sorpresivo... los inicios de año deberían venir acompañados de un manual de uso.
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