
Hace algunas navidades tortuosas, estas fechas me provocaban escalofríos. Y también la oportunidad de ejercitar la virtud de la paciencia. Pero no siempre fue así
De chica, los festejos de navidad y año nuevo los pasaba con unos amigos de las juventudes de mis padres. Sus hijos eran exactamente de mi edad y condiciones, así que era absolutamente feliz en aquel fraccionamiento cerca de Tlatelolco, que recuerdo con una mezcla de nostalgia y cariño. Las últimas veces que fuimos fue cerca de mis veintes, y todavía fui muy feliz. Ir a ver a los que consideraba mis primos, compensaba ver a la jauría de primos sanguíneos del lado de mi madre que se reunían en el rancho de la abuela, cerca de Guanajuato.
Cuando llegaba, inmediatamente me sentía fuera de lugar. Para empezar era la prima fresa, la única que iba a una escuela privada y que añoraba el concreto como nadie más.
Pero ese es otro trauma. El que me ocupa hoy es el de los últimos festejos con mi adorable y disfuncional familia. Se trataba de ir a casa de unos amigos locales de mis padres. La odisea empezaba al llegar a la casa, en la que había toda clase de adornos navideños: santas bailarines, árboles gigantes, piezas de cerámica, tapetes, manteles, velas... y de música de fondo una horrenda compilación estilo Navidad con las estrellas (de Televisa) que se repetía año tras año, igual que los chistes del Tío Daniel y los comentarios venenosos de una que otra.
Religiosamente trataba de permanecer al margen, cruzaba una que otra palabra con alguien y esperaba la hora de la cena. Después de llenarme con lo único bueno del festejo (la variedad de platillos) esperaba un rato y me iba al cuarto de una de las hijas, a dormir.
Sobra decir que en cuanto pude, mande el festejo a la goma y argumenté locura. Desde entonces, los festejos navideños son un poco mejores
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