El recuerdo que tengo de ella es perfecto. Está sentada en compañia del televisor mientras teje. La pantalla es sólo un pretexto para hacer varias cosas a la vez.
Teje y canta o emite silbidos rítmicos al compás de una canción que no puede dejar de tararear. Mientras tanto mueve uno de los pies acompañando sus propias melodías. El pie que danza es el de arriba, porque está sentada con las piernas extendidas, pero entrelazadas, igual que la urdimbre de su tejido.
Sarita se levantaba temprano, en cuanto oía a los primeros pajarillos trinar. Lo primero que hacía era ir caminando al refrigerador, en donde la esperaba una cerveza clara: una cerveza al día, produce alegría, era una de sus frases predilectas. La destapaba y la tomaba de a poquitos, con tal placer que daba envidia.
Recuerdo su risa sonora retumbar en la habitación, su voz aguda y melódica que cantaba una canción de antaño. En mi memoria más entrañable está una falda de estambre de colores y con elástico negro en la cintura. Ella me la hizo y yo la acompañaba con un collar de cadena de plástico que tenía cuantiosos charms colgados: el silbato rojo y el bat de baseball morado son los que veo inmediatamente que evoco esa imagen en mi mente.
A diferencia de la otra abuela, Sarita era regocijo. Lo único que odiaba era tener que ver al resto de la parentela para poder verla a ella. Hoy tiene 92 años y tantas experiencias le pesan. Comenzó a hablar con su mamá y con su hermano y sé que pronto estará cantando en el campo que tanto quiso y dejará el cuerpo físico.
Está tranquila porque sabe que amó a los que tuvo que amar y nosotros le correspondimos. Aunque no convivimos mucho, sé que le heredé directamente el mover rítmico, el tararear descarado y la risa fácil. Lo que no me transfirió fue su habilidad para tejer.
Descansa Sara. Cierra tus ojos azules que ninguno de tus descendientes heredó. Descansa y vete tranquila porque dejaste mucha querencia. Más de lo que muchos pudieran desear.
¿Serán capaces de amor?
Hace 8 años
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